
Era una noche de viernes solitaria, como tantas otras. Pero había algo distinto... Estaba sentado en una mesa para cuatro, mirando por la ventana cómo la ciudad bullía de movimiento, a pesar de ser ya cerca de la media noche. Bullía de movimiento en comparación al lugar a donde iba.
Sorbí un poco de café, preguntándome por qué motivo había elegido este lugar en particular para hacer una parada. Jamás había estado allí, y sin embargo, al pasar, sentí el impulso de detenerme. De alguna forma se había sentido correcto: Entrar decididamente, sentarme junto a la ventana, y pedir un café.
No estaba seguro de qué seguía: Tomar el café, y seguir el camino de vuelta hacia aquel lugar que alguna vez había llamado hogar. Seguir adelante... Fue entonces cuando saqué este cuaderno, y comencé a garabatear frases sin un objetivo en particular.
Durante los últimos días, había experimentado una sensación de que, aunque no estaba en un momento bueno, era la primera vez en mucho tiempo en la que me sentía realmente vivo...
Interrumpí mis cavilaciones para pedir un segundo café. "¿Por qué no?", me dije. Todavía podía sentir el dolor. No sabía si alguna vez fuera a desaparecer. Pero al menos ya no era su esclavo...
Podría sonar como una triste caricatura- Un niño que se había dejado llevar, y que de pronto se había dado cuenta de que ya no era tal... Ahora era un hombre. Un hombre solitario y con el corazón roto, pero también un hombre con sueños y proyectos- "Nada mal para una caricatura", pensé.
Pedí la cuenta, y luego de pagar cerré el cuaderno, y fui caminando hasta la parada de colectivo.
Me esperaba un largo viaje.